9.3.13

"Mamá, me voy a Francia en el bus de una banda de rock. Grábame Phineasy Ferb"





O de cómo acabé metida en el backstage sin tener la mínima intención.

Cuántas veces se ha oído aquello de que éste no es un país de rock progresivo. Y si bien es cierto que los conciertos que realizan se resumen en pequeños hervideros de testosterona, ostentan un público envidiable entregado al máximo durante horas de duelos de guitarra interminables.

Aún no me había convertido en un sandwich humano cuando aparecieron Roine Stolt y sus Flower Kings en el escenario, ataviados con la última moda de los años 60. Entre algún ajuste de sonido y temas de media hora, Hesse Fröberg, micro en mano, se encaramó ahí donde pudo e hizo suyo el escenario en cuestión de minutos, adornando su potente chorro de voz con sacudidas de pelo Pantene y contoneos con la Les Paul, llamando la atención de las 4 ó 5 chicas que estábamos allí esa noche. Es una de las ventajas de ir a estos conciertos de rock progresivo, el baño nunca de mujeres nunca estará ocupado. Stolt, más hablador y cercano al auditorio, pareció darse cuenta de la situación y bromeó en cuanto al número de público femenino de la noche. Siempre con su porte majestuoso, controló la situación haciendo gala de su envidiable dominio del punteo eléctrico mientras Jonas Reingold, que más tarde nos estaría hablando de su segunda vida como atleta en el bar del local, demostraba con su animada excentricidad que el rol de bajista desapercibido no va con él.

Desde Numbers hasta In the Eyes of the World, la banda sueca deleitó con piezas reminiscentes de la influencia eléctrica del jazz fusión, con matices con regusto a Pink Floyd o Led Zeppelin; o con brillantes pasajes instrumentales, donde en un momento se lució especialmente Tomas Bodin, exaltado tras el teclado.

En plena efervescencia progresiva estaba la pequeña sala madrileña cuando entró el esperado Neal Morse con todo su equipo, entre ellos Mike Portnoy, el mítico batería que en varias ocasiones se encargó de poner la nota de humor del concierto, dirigiendo con las baquetas en la parte de los coros. Baquetas que, una vez más, no pude coger. Claro que jugaba en desventaja si tenía que ganar en salto de altura a los maromos de la primera fila.

Con espontaneidad y cercanía, Neal Morse contagió a la audiencia de una energía inagotable hasta el apoteósico final, combinando teclado con guitarra en un derroche de jovialidad y entusiasmo, como llevando la salvación de la mano. El nuevo Momentum fue el tema que presentó a este genio del progresivo a poco más de las 9 de la noche, entre bromas y saltos del líder del grupo. Sobresalieron las guitarras de Eric Gillette y Adson Sodré, cada uno a un lado del escenario repartiendo perfiladas melodías y riffs desgarradores.

Author of Confusion, The Temple of the Living God, Another World o 12 fueron varias de las piezas que explosionaron a lo largo de la noche, con la notable ausencia de Weathering Sky, que sí se ha podido escuchar en el resto de su tour europeo. World Without End fue la guinda que culminó la parte de Neal y su banda en solitario, poco antes de que hiciera su entrada Roine Stolt para el primer regalo del bis. Fue entonces, donde ya tomaba forma el espíritu Transatlantic, cuando tuvo su momento una de las composiciones más alabadas, la ascética y cálida balada de Bridge Across Forever. Se vio aquí a un Neal muy delicado al teclado en contraposición con anteriores canciones más movidas, donde aprovechaba para recorrerse el escenario con los brazos en alto como la estrella de un coro gospel de iglesia americana.

Poco a poco, a medida que se iban desgranando temas como All of the Above, A Man Can Feel o Rose Colores Glasses, fueron apareciendo los miembros de The Flower Kings al completo, para culminar con Stranger in your Soul en una fiesta frenética de virtuosismo de melodías delirantes acompañadas por la abrasadora batería de Portnoy y los juegos equilibristas de Reingold sujetando el bajo con la barbilla.

Fue a la salida, esperando a que Neal y compañía se dignaran a pasar por la puerta a saludar, cuando descubrimos la segunda ventaja de ir a este tipo de conciertos y no tener pene. Alguien de la organización nos dejó entrar con un "Pasad, pasad" en inglés. Fue cuando descubrí que eso de haberme tirado el verano pasado viendo series en versión original había servido de algo.

Al bajar por las escaleras con cara de Jim Carrey consternado nos recibió Reingold, el bajista de The Flower Kings que hace un rato había hecho malabarismos en el escenario y que ahora casi tenía que hacerlos para lograr mantenerse en pie. En un rato acabamos sentados en las escaleras bebiendo mientras nos contaba sus batallitas de inicio en el mundillo de la música mientras alguien de la organización y Mike Portnoy se pasaban por ahí de vez en cuando. Para entonces, Jonas Reingold ya había propuesto varias veces que todos los que estábamos allí nos fuéramos en el bus de la banda a continuar la fiesta a Bordeaux, donde tendría lugar el próximo concierto. Claro que para entonces tampoco sabía muy bien dónde estaba.

Hubo un momento en el que la situación se volvió más rocambolesca. Fue cuando llegó el bus y al organizador le entró un ataque de pánico porque nadie sabía dónde se había metido Reingold. Tuvimos que recorrer todo el local, ahora lleno de adolescentes bailando electro, por si el bajista se encontraba dándolo todo en algún lugar de la pista. Apareció cuando ya estábamos todos fuera, donde aprovechó para intentar tomar el control de la situación y, tranquilamente, propuso como solución que nos fuéramos todos a Bordeaux.

"Otro día quedamos a comer paella", comentó antes de subirse finalmente al bus.

17.2.13

David Bowie 10 años después, o cómo sacar un disco sin despeinarse




Como si hubiera leído mi entrada anterior y hubiera decidido hacerme quedar mal, el mes pasado el escurridizo David Bowie decidió anunciar el mismo día de su cumpleaños un nuevo disco. Así porque sí. Y sin titánicas promociones ni entrevistas exclusivas. David Bowie ha conseguido que su noticia bomba pase de puntillas por delante de los medios, por lo menos hasta marzo, cuando salga el disco y reciba codazos sugerentes de todas partes instigándole a dar un par de conciertos.

The Next Day es el nombre del nuevo álbum, cuya portada ha causado disparidad de opiniones cuando se ha visto un cuadrado blanco con el nombre del nuevo disco encima de la que fuera la carátula del mítico Heroes. Pronto se han explicado varias interpretaciones que abarcan desde la expresión de los cambios que han tenido lugar en el ambiente de Berlín desde los años 70 hasta una falta de imaginación por parte del diseñador. Traducción de esta portada aparte, su productor ha prometido un Bowie clásico y también vanguardista para este lanzamiento, cuyo setlist y primer videoclip se colgaron a primera hora en su página web oficial el mismo día en el que el Duque Blanco sopló las 66 velas.

David Bowie se ha estrenado con Where Are We Now, balada lacónica que evoca con nostalgia y un suave piano la temporada que pasó el artista en el Berlín setentero. Una voz calmada y sosegada, triste y rota en ocasiones, da un repaso por los locales y las zonas alemanas que más destacan de sus años de juventud, en los que se cocieron Low, Heroes y Lodger en la llamada "Trilogía de Berlín". Con esta nueva canción, el que fuera uno de los representantes más importantes del glam en los años de las plataformas y los brillos, muestra su lado más elegante y oscuro ensamblado en forma de elegía.

Ya sea una vuelta al pasado con su poesía marciana o una ventana abierta a lo experimental, esta grabación secreta no es garantía de una nueva gira de nuestro alien favorito. David Bowie ha dejado caer que sí, que a lo mejor hace un pequeño concierto si le apetece, pero visto el ánimo de iguana letárgica que tenía cuando el Sandy Relief y los Juegos Olímpicos seguramente no haya que hacerse muchas ilusiones. 

Al contrario que el que se comiera los escenarios con Ziggy Stardust, The Who siguen en ruta y este mes se han puesto a la venta las entradas para los conciertos de la gira europea. Y por gira europea se refieren a un repaso completo por Reino Unido y, por último, París y Amsterdam. Así como de propina. 

Por otra parte, Fleetwood Mac, aprovechando que se han subido al carro de coger un viejo disco y sacarlo al mercado con una calidad sonora diferente, también han decidido hacerse un viaje. Rumours, a años luz de sus primeros trabajos de blues-rock, es un álbum con una variedad vocal y temática, de letras ácidas y sentimentales nacidas al calor de los problemas personales que estaban teniendo lugar en el caótico eje del grupo. Así,años y riñas después, no es poco probable que sus conciertos puedan acabar pareciendo una telenovela.

8.2.13

Fleetwood Mac, de vuelta

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Fleetwood Mac, uno de los grupos más cambiantes en formación y estilo desde los años 60, ha sido uno de los últimos en subirse al carro de los discos nostálgicos y las giras titánicas. Siendo una de las bandas más longevas y representativas de la revolución musical, Fleetwood Mac ha pasado desde el blues más espeso hasta suaves temas pop. Ahora, tras discos aparte en solitario, parejas rotas y unos cuantos años más encima, vuelven al ruedo con un álbum reeditado bajo el brazo.


El setentero Rumours, considerado el trabajo más exitoso del grupo con un sonido que divergía de sus inicios de blues más tradicional, es el elegido para el lanzamiento del próximo abril, que además contará con dos grabaciones en directo de una gira de 1977 y con unos rescatados temas inéditos. Fleetwood Mac no había sacado temas nuevos desde su último disco de estudio de hace más de dos décadas, Say You Will.


Grabado durante 1976 y publicado un año después, Rumours es un álbum con una variedad vocal y temática de letras ácidas y sentimentales, nacidas al calor de los problemas personales que estaban teniendo lugar en el caótico eje del grupo. A través del disco se viaja por una mezcolanza de cálidas baladas introspectivas moldeadas con temas pop-rock y alguna pincelada folk. A años luz de sus primeros trabajos de blues-rock desde sus inicios en 1967, la formación camaleónica de la banda propició la creación de nuevas melodías pegadizas con el consiguiente cambio progresivo de estilo.


Este revivido disco es la carta de presentación para una gira que en un principio había mantenido en disparidad de opiniones a varios de los miembros del grupo, que ahora se califican a sí mismos como nostálgicos ante esta vuelta al pasado.


 Estados Unidos será la base de una serie de conciertos que se extenderán por una llamada gira mundial desde el 4 de abril, aunque de momento no haya fecha fijada para España. Europa y Australia son los siguientes destinos a los que el grupo llevará su regreso a los escenarios mientras el batería Mick Fleetwood intenta convencer a sus compañeros de viajar con su música hasta la India.


El descontento con la gira europea, que empezará a finales de año, se ha hecho visible ya entre los fans de Inglaterra y alrededores, donde el precio de las entradas ha cogido complejo de concierto de los Rolling Stones, con casi 200 euros por el ticket más barato, lo que contrasta con los precios más moderados de su gira norteamericana.

11.1.13

En busca del paraíso

"¿De dónde venimos? ¿Quiénes somos? ¿A dónde vamos?". No, no es un nuevo twittero. Es el título de uno de los cuadros más importantes de Paul Gauguin y quizá las preguntas que se arremolinaban en su cabeza días antes de hacer las maletas para dejar su perfecta vida burguesa en París y partir hacia las exóticas tierras de la Polinesia.


El pintor postimpresionista tenía 35 años cuando decidió que la fría cultura occidental, con sus modas impuestas a los movimientos artísticos imperantes en el momento, no era lugar para él. Sin apenas nociones artísticas o clases profesionales, el espíritu anarquista y libre de Gauguin lo llevó a desaparecer del mundo artificial para sumergirse en uno propio, lejos de todo lo conocido, de su familia y su trabajo. "Bajo un momento a comprar tabaco", se rumorea que le dijo a su mujer mientras salía por la puerta.


Gauguin pasó por la fértil isla de Taboga y se impregnó de la sensualidad del color del Caribe, pero quizá su etapa más conocida fue su estancia en Tahití. Allí, rodeado de una cultura tropical y conviviendo entre los paradisíacos pigmentos de la naturaleza más colorida, el francés dio rienda suelta a sus pinceles creando brillantes obras que influirían más tarde en vanguardias como el expresionismo alemán o el fauvismo, donde el color cobra un protagonismo total deslizándose por el lienzo y conformando siluetas con unos trazos sugerentes. Gauguin fue, sin duda, uno de los padres de este movimiento.


La importancia de este pintor que renunció a su época y a su cultura y plasmó con sus pinturas algunos de los lugares más maravilloso de la Tierra parece cobrar últimamente un mayor protagonismo que ya iba siendo necesario reconocer. Mucho se ha hablado de Van Gogh y sus girasoles como gran representante del postimpresionismo mientras el pobre Gauguin se pasaba el día deslomándose en una isla paradisíaca de aguas cristalinas y nativas en bikini.


El museo Thyssen de Madrid expone "Gauguin y el viaje a lo exótico" desde el mes pasado como homenaje al aventurero artista y la escritora Ángeles Caso ha publicado una nueva biografía con el esclarecedor título de "Gauguin, el alma de un salvaje", en el que retrata el afán del artista de una búsqueda que le inspirase a crear un nuevo arte.


Gauguin, romántico e innovador, descubrió con su obra una nueva forma de vida, alejada de la "contaminada" civilización occidental, demostrando que los estándares que rigen una cultura no son siempre el único punto de vista. Dio un giro a su vida a una edad que actualmente es considerada como la adecuada para sentar la cabeza (una madre contemporánea te plancharía la cara con una sandalia nada más anunciar un "mamá, me voy a la Polinesia a dibujar") y sus ansias de renovación nos han dejado un regalo artístico impagable en la cultura mundial.


En un mundo que seguía encerrado en sus propias paredes, Gauguin logra lanzar un rayo de luz dejando un mensaje casi tan importante como sus obras, evocador, instigador y conveniente hoy en día; no le gustaba algo, y consiguió cambiarlo.

27.12.12

De cómo Mick Jagger me robó la Navidad

   




Premio al que haya adivinado que estoy de exámenes. Estas últimas semanas he llegado a un estado medio letárgico en el que he estado prácticamente negando una existencia inmediata de los finales. Porque claro, son en enero y aún es 2012. La cosa es que quedan unos tristes cuatro días para que empiece a entrarme el pánico e intente resolverlo haciendo la croqueta por la biblioteca mientras me lamento por las esquinas inyectada de café y RedBull hasta las cejas. Pocos días antes de que esta atmósfera pre-exámenes empezara, la cosa seguía de lo más normal: por el día, Universidad, y por la noche, hervir la sangre de mis prehistóricos vecinos por aporrear ya sea la guitarra, la armónica o el teclado a horas de batín y pantuflas. Al día siguiente esperaba que me perdonaran al recordarles un "Es Navidad" en nuestros encuentros por las escaleras. No funcionó.

Y hablando de gente vieja, los Rolling han dado ya por finalizada esa mini gira que habían empezado casi a regañadientes por contrato. Fue hace unas noches en Nueva York con Bruce Springsteen, que se apunta a un bombardeo como si no tuviera nada que hacer con los catorcemil ochocientos dos conciertos que tiene que dar, y con Lady Gaga, que ha levantado polémica porque nadie sabe si iba vestida de paso de cebra, de efecto Doppler o si es que la habían atropellado por el camino. Creo que Keith Richards ya hizo su apuesta en el bar de al lado. Lo que sigo sin entender es el alto precio de las entradas, como si les hiciera falta. Keith tiene Jack Daniels para aburrir y Mick Jagger ya le roba las chaquetas a Elton John. 

Lo que les pilló desprevenidos fue The Concert for Sandy Relief, un concierto benéfico al que no pudieron decir que no pero del que se fueron a los diez minutos después de que Mick casi se matara nada más empezar por un tropezón tonto mientras saludaba. Se rumorea que Morritos Jagger decía que al día siguiente tenían que dar otro concierto y que le dejaran, que no le daba tiempo a aplicarse su crema reafirmante de noche. Por suerte llegaron a animar la fiesta un Roger Daltrey descamisado tarareando "teenage wastelaaaand" como si tuviera 40 años menos y Paul McCartney con una gorra de marinero subido al escenario con bomberos y parte de seguridad del recinto, como una reunión de antiguos fans de los Village People.

Más cosas. Hace unos días murió Ravi Shankar, el músico indio que influenció a Brian Jones y George Harrison, entre otros y yo sigo sin tener mi ansiado sitar ni idea de tocarlo, pero eso es otra historia, y Neal Morse es el único que se porta bien anunciando conciertos en España. Los que también se pasaron por aquí fueron Jim Jones Revue y Patti Smith, cuyas crónicas estaba demasiado cansada para volver a escribir pero que podéis leer aquí y aquí si, como David Bowie, no tenéis nada que hacer. 

Así, con una gira acabada y sin fechas próximas para una siguiente, los Rolling han decidido volver al sofá en Navidad, dejándome una vez más con cara de Hugh Grant. Aunque según Keith Richards, espera seguir la gira en 2013, pero quién sabe si lo harán como les salga del pie como los conciertos de París. Solo me queda esperar, desde mi búnker de apuntes, que sean benévolos con las fechas. Me pregunto si a ellos les valdrá eso de "Es Navidad".

22.11.12

La poesía contestataria de Patti Smith

Decir que Patti Smith es una artista fuera de lo habitual no es nada nuevo. Con su elocuente verborrea susurrando brillantes versos desde el escenario, furiosos aullidos reivindicativos criados desde la estirpe del punk neoyorquino y sus palabras de sueños, lucha y esperanzas dirigidas a una audiencia encandilada, la llamada madrina del punk convierte cada uno de sus conciertos en palpitantes recitales de poesía. Una vibrante hora y media de auténtica revelación, una oda a la existencia, a la naturaleza y al ser humano recreada en una amalgama de música, poesía y arte.


La devoción de Patti Smith por la cultura española la ha traído de vuelta a nuestro país para presentar su nuevo disco. Banga es un trabajo cuidado y bello, donde se dan cita desde los aires asiáticos de Fuji-san hasta ciertos tintes femeninos propios de los 60 con This is the Girl, con letras que se elevan más allá de un mero poema impulsadas por la febril llamarada del crudo tema homónimo y la dulce cadencia de las últimas baladas del disco, lleno de simbolismos, colores y metáforas.


Después de atrasar su concierto en Madrid, coincidiendo con el día de la huelga general, para salir a la calle y unirse a una noche de manifestaciones en las que se encuentra como pez en el agua, Patti Smith ha hecho la cuarta parada de su recorrido en Valencia. La sala Noise no contó con el espacio reservado para el que fuera el primer recinto elegido, el polideportivo de El Cabanyal, y no se llenó hasta última hora. De hecho fue el primer concierto al que llegué unas dos horas antes y donde esperando en la puerta solo había cuatro gatos de alguno de sus clubes de fans extranjeros. Hasta pude verla a escasos metros ensayar desde el cristal. O al menos creo que esa mata de pelo borrosa era ella.  Sin embargo, en el momento en el que la poetisa estadounidense puso un pie en el escenario la simbiosis entre público y artista fue casi instantánea. La gente que se encuentra en este tipo de conciertos es de todo tipo: o bien se abalanzaban sobre el escenario como los predicadores de La vida de Brian o se quedan rezagados tranquilamente en la barra a mitad del local, bebiendo una cerveza, como en un café de poesía.


El magnetismo que desprende Patti Smith en sus actuaciones se refleja en su incandescente voz de queja política; la soltura que irradia, guitarra en mano, desde un acogedor escenario o la abstracción en la interpretación de sus propias obras, casi mística, como una profetisa callejera que impregna al auditorio de su mensaje de salvación.


En un ambiente caracterizado por un concierto más acústico y cálido de lo previsto,  la dulce April Fool es la encargada de abrir la noche entre guitarras acuosas y sonrisas de Patti a los cumplidos a voz en grito que le llegan desde la audiencia. Acompañada por su fiel banda, en la que resalta la guitarra de Lenny Kaye, (a quien no pude evitar identificar como a Doc) la cual ha estado a su lado durante 14 años, la cantante sexagenaria deleitó al público con un distendido concierto en el que no faltaron algunas de sus composiciones más clásicas. Acogida estrella tuvo el vitoreado Because The Night, tema springsteeniano que hizo vibrar a un público variopinto.


La rabia y el desencanto con la sociedad se transforma en notas musicales. Patti Smith aprovecha para dar alguno de sus inspiradores discursos entre canción y canción, mostrando su apoyo a la conservación del barrio valenciano de El Cabanyal y relatando su participación en el 14N en Madrid, indignada con el Gobierno y los medios de comunicación. “We can change things”, grita exaltada. Y contagia su revolucionaria pasión a un público en efervescencia que llega a su plenitud coreando a una la eléctrica People Have The Power pocos minutos después.


Temas de su nuevo disco también protagonizaron el setlist de una actuación marcada por la cercanía y el derroche de energía positiva de la diva del rock, materializado en la cruda Banga, para la cual requirió una divertida intervención del público. Triunfantes fueron también Gloria y el apoteósico final con la desgarrada y abrasadora Rock N Roll Nigger.


Un espectáculo que flota en la dicotomía de una protesta sosegada, un colorido mosaico áspero y dulce reflejado en la airada poesía de la revolución feminista, social y política. Patti Smith, fiel veneradora de Brian Jones, es la figura viva del punk que renace con la misma fuerza que hace 40 años, un frenesí existencialista y el inspirador vestigio del espíritu que marcó un antes y un después en la historia del rock. Un espíritu libre que contagia su filosofía al público sumergido en cada uno de sus conciertos, ardiente, tenaz y necesaria.

3.11.12

América, rock and roll y los Trolling Stones






De exposiciones va la cosa. Esta semana, antes de empezar a morir lentamente y sucumbir a la alergia como un gladiador derrotado, he ido a ver Covers, sobre la cultura americana de los 50 y 60. Y yo sigo sin entender que, siendo un tema interesante y gratis, cómo es que la sala de la exposición estaba más vacía que la nevera de un universitario.

Hablando un poco del tema de la exposición, el esplendor material de la sociedad americana de postguerra fue el escaparate con el que se quería vender la perfección de la familia y el auge del consumismo al resto del mundo. En plenos años 50, América se vanagloriaba ante su supremacía con perfectas amas de casa anunciando en la recién adquirida televisión envidiables productos para el hogar. Mientras, el estado de bienestar se rompía para un grupo social que encontraría en esta época la catapulta hacia un protagonismo que se iría reivindicando con el paso de los años hasta convertirse en una de las revoluciones más importantes de la historia. Los jóvenes americanos no encontraban su hueco en la sociedad materialista y su descontento encontraba su expresión en el estilo que encabezaría un nuevo movimiento, el rock and roll. Con oscuras cazadoras de cuero y pantalones ajustados marca-huevera, el espíritu instigador de James Dean y la voz incandescente de Elvis antes de volverse tordo se dio forma al nacimiento cultural más trascendental de todos los tiempos. La América conservadora y convencional se vio de pronto arrasada por el impulso adolescente de los solos de guitarra y las Harleys (avdbghsjdh) ostentosas y fue el escenario donde tuvo lugar el primer paso para el cambio que estaba a punto de producirse en todo el mundo.

Además de motos que sentí la necesidad urgente de robar y salir corriendo con una por el centro a plena luz del día, había revistas como Life o Time colgadas del techo con la resistente sujeción de un hilo, con Liz Taylor, Marilyn Monroe o The Beatles en sus portadas. Una gran pantalla en la que también tienen su momento de gloria los cuatro de Liverpool corona la sala mostrando actuaciones en vivo de varios artistas que avivaron la fiebre del rock and roll en su paso por América. El Jailhouse Rock de un Elvis en su mejor época, el tupé de Little Richard, James Brown y su desparpajo en el escenario, las canciones protesta de un Bob Dylan jovencísimo con su imprescindible armónica o The Rolling Stones con Mick Jagger hecho un pollo paseándose con gracia por el escenario acompañado por Brian Jones a la pandereta son algunas de las imágenes que aparecen y que me hicieron querer sacar una tienda de campaña de esas del Decathlon y quedarme a vivir ahí para siempre. Pero no lo hice.

El espíritu de la era dorada del rock and roll se impregna hasta en las paredes de la exposición, donde enormes murales que quería llevarme para mi habitación captan la atención ya desde la puerta de entrada. Con el título de "Descarados" se da pie a las grandes fotos que aglutinan la revolución musical de los años 50 y 60, con The Rolling Stones y The Beatles en el centro, rodeados de los precursores que hicieron saltar la chispa del rock, como Chuck Berry, Buddy Holly o los ya homenajeados en pantalla James Brown, Elvis o Little Richard. No podían faltar tampoco Jerry Lee Lewis mostrando su ardiente pasión por el piano (je) y el grupo femenino de la época, The Ronettes. También hay lugar para las portadas de algunos de los discos más representativos de la época, desde Ray Charles hasta The Beach Boys, así como tres pantallas conectadas a unos auriculares en las que pasan una y otra vez Elvis y el intérprete de Johnny B. Goode con su característica ES-335 roja.
 
La exposición recrea una época representativa y una cultura que ha logrado permanecer en el tiempo de manera inalterable, con unos mensajes que aún son aplicables hoy en día y que hace envidiar a muchos contemporáneos esa forma inconformista de ver el mundo de las nuevas generaciones de la época, cuando el talento pareció emerger de golpe en una explosión de letras y música únicas, incombustibles y eternas.

Por otra parte, los Trolling Stones siguen haciendo de las suyas y antes de los de Londres han dado dos conciertos sorpresa en París con entradas a un precio que no es ni un cuarto de lo que valen las de sus posteriores (y programados) conciertos. Vamos, que Mick Jagger se levantó un día de resaca en Francia y dijo "ya que estamos". Lo raro ha sido que a Ronnie no se le haya escapado nada. 

29.9.12

El paraguas que le faltó a Andy Warhol







Si en plenos 60 a Andy Warhol se le hubiera ocurrido diseñar un paraguas de celofán de tres metros o un impermeable con escafandra y yo lo hubiera podido tomar prestado de la exposición, probablemente anoche no habría terminado como si acabara de darme un paseo por una terraza del Nautilus.

Con una foto del artista en la entrada y algunas de sus frases más provocativas coronando cada una de las paredes de la Sala Picasso se inauguraba este viernes la exposición Andy Warhol Superstar, cuyo nombre hace honor a las personalidades emergentes de los 60 que se cocinaban en la Silver Factory de Nueva York, donde el dinero, la droga y todo tipo de actuaciones artísticas tenían lugar en la época en la que nació el derecho a los célebres quince minutos de fama.

Este mismo taller de Warhol se recrea en la exposición del Centro Cultural Bancaja, con una pared cercana a la entrada recubierta de pintura plateada y una pantalla que refleja algunos músicos y conocidos que se dejaban caer por su estudio en la llamada Edad de plata, como Nico o Bob Dylan. También se ha colocado una pantalla al lado que muestra un sofá apostado en el centro de la sala para que los asistentes puedan representar una sesión de The Factory pero que fue usado la mayor parte de la noche como lugar de reposo para señoras con moño.

El universo del irreverente y excéntrico artista amante del dinero y el consumismo, del “plástico” de Los Ángeles y espejo de la actitud y cultura de una sociedad que tardó en acogerle se concentra en una escueta exposición de 63 piezas sacadas del Museo Andy Warhol de Pittsburgh, en la que no faltan sus clásicas serigrafías pero donde se echa en falta un poco más de carne.

Entre sopas Campbell y coloreadas copias de Marilyn Monroe emerge una recopilación de obras con gusto americano, vacas fluorescentes, recreaciones sumergidas en color de cuadros como El nacimiento de Venus de Botticelli y El grito de Munch o retratos de la élite digna del artista símbolo del pop art, como Michael Jackson o Muhammad Ali. También anuncios de décadas anteriores y representaciones de objetos banales bañados por el toque Warhol, el cual los convirtió en el icono de una época. Publicidad y arte perfectamente fusionados. Frente a ellos, círculos de seguidores del polémico artista, tanto jóvenes como wannabes maduros con espíritu bohemio y coletas canosas, acompañados de algún que otro fotógrafo que merodeaba por ahí con un flash más grande que los focos del Bernabéu. Y ningún paraguas que poder robar.

Una exposición centrada en la pintura, el campo quizá más importante del polivalente artista que dejó su huella en otros diversos ámbitos artísticos desde el diseño de portadas de cds de algunos de los más grandes grupos de rock de los 60, pasando por fotografías de las personalidades más importantes de la época o incluso en el mundo cinematográfico.

La recreación de The Factory quizá sea uno de los puntos fuertes de la exposición o por lo menos más destacables por su innovación y la oportunidad de la interacción del público en la exposición. Sin embargo con los datos aportados en el pequeño cartel adyacente al sofá aquellos que no estén al corriente de los ambientes en los que se movía Warhol poco podrán deducir sobre lo que era The Factory y el verdadero hervidero de arte y fama que constituyó en el Nueva York de los 60-70.

Por otra parte, esta exposición ha sacado ha relucir el polémico tema que ha ido rondando tanto a Warhol como a todos los artistas que innovaron de forma radical en su tiempo. Mucho se ha criticado al artista neoyorquino por su pasión por el consumismo, su ambición por el dinero y las ansias de poder presumir de él. El hecho de colgar un cuadro con el símbolo del dólar para que todo el mundo pueda apreciar que lo importante esta vez no es su arte, sino su precio, ha sido tema de discusión desde que Andy Warhol asomó la cabeza por primera vez en el mundo artístico.

Sin embargo, no hay que olvidar que el representante del pop art fue capaz de convertir un objeto banal como una sopa corriente o un simple plátano en una obra de arte representativa de una época, al estilo del retrete de Duchamp. Fue el espejo del nuevo modelo de fama que nacía después del auge que experimentó la música en aquellos últimos años y del nuevo concepto de estrella que había nacido.
Las artistas más groovies e influyentes querían bañarse en el lujo y el famoseo de las nuevas estrellas y codearse con aquellos que tuvieran en común su nueva visión del mundo. La figura de estrella de rock o supermodelo se paseaba día y noche por el estudio plateado, meta de todo aquel que quería ser alguien en esa época. Warhol supo captar y espolvorear en sus lienzos todo aquella visión.

Por otra parte, los Rolling ya han hecho público el tráiler de lo que será su próxima película-documental, Crossfire Hurricane, que cuenta sus 50 añacos, Brian Jones incluido. Además, también van a lanzar Charlie is my darling en dvd el 6 de noviembre y un nuevo disco de recopilaciones con dos tristes canciones nuevas. Vamos, de todo menos una gira decente.